Milanesa, merluza, fútbol, LCDs, y la lista sigue. La necesidad de realizar ajustes en los precios de determinados productos para que todos puedan acceder, es el resultado de otro producto que la presidenta nos viene ofreciendo a todos desde que asumió: la inflación.
La “inflación para todos” está haciendo estragos en la economía en general y en la economía familiar en particular. Analicemos por partes: en los últimos 12 meses hubo un 23,3% de inflación (según el promedio simple de los índices oficiales de las provincias), inflación que afecta principalmente a la población más pobre de nuestro país que es la que menos recibe aumentos automáticos en sus ingresos para compensar el deterioro. El 30% de la población que es pobre en nuestro país (casi 12.000.000 de personas), se acerca más y más a la indigencia, ya que el precio de los alimentos es lo que más aumenta, debido a las políticas erradas de los Kirchner en estos últimos años.
Para el otro 70% que puede ahorrar, aunque sea unos pocos pesos, son pocas las alternativas que tienen para lograr canalizarlos de una manera beneficiosa. No es conveniente ahorrar, ya que lo que hoy puede adquirirse con cierta cantidad de dinero, mañana no va a poder comprarlo con lo producido de sus ahorros: el dinero pierde poder adquisitivo con el tiempo. Si intenta depositarlo en un banco, con mucha suerte logrará que le paguen una tasa de interés que no llega al 10% anual, menos de la mitad de lo que pierde con la inflación. La solución (lamentable, pero la única dentro de este modelo económico) es gastarse los ahorros ya.
Es por ello que actualmente hay un gran crecimiento del consumo que el partido gobernante toma como un indicador positivo de la economía. Pero fíjese qué pasa a largo plazo: si una persona o familia no tiene la posibilidad de ahorrar o debe gastar sus ahorros en bienes de consumo para poder sacarles el mejor provecho, a futuro no tendrá la posibilidad de invertir en una vivienda, educación de los hijos, o negocio propio, no tendrá la posibilidad de mejorar o cambiar su situación de vida y por sobre todas las cosas, no podrá hacer frente a cualquier imprevisto ya sea enfermedad o pérdida del trabajo, entre otros. Ni hablar de tomar un crédito hipotecario a largo plazo en pesos a tasa de interés de un dígito: la “inflación para todos” ya se encargó de que esos créditos sean una utopía, al igual que el sueño (“Compartido” o no) de la casa propia.
Al que vivía con lo justo, cada vez le alcanza menos; el que podía ahorrar un poco, ahora tiene que gastar todo. De la misma manera que a largo plazo se ven afectadas las personas de manera individual, esto pasa con la economía del país en general. La “inflación para todos” genera tremendas ineficiencias. Para los emprendedores y para los empresarios no es posible planear. Todo se concentra en el corto plazo, y a la incertidumbre natural que enfrentamos se le agrega la incertidumbre que trae la inflación sobre los flujos nominales y reales de ingresos, gastos, y todo lo que hace a la rentabilidad de un negocio o un proyecto.
Simultáneamente, la inexistencia de una moneda propia estable y predecible comienza a generar un proceso que ya conocimos y sufrimos: se vuelve a pensar en dólares como unidad de cuenta y como refugio de valor. Una medida de esto es que la dolarización de ahorros (comúnmente llamada “fuga de capitales”) se ha duplicado en este año respecto a los niveles ya elevados del 2010. Hasta el gobierno entra en esta desesperación por los dólares y traba todo tipo de importación. Las consecuencias: bienes que cada vez escasean más, ya que la producción nacional sufre interrupciones en su proceso productivo por la falta de insumos importados claves, y porque desaparecen también los artículos importados. Todo gracias a las políticas del secretario Moreno, avaladas por el Ministro Boudou.
El problema es que “el modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social” solo cierra con más y más inflación. La necesita para financiar lo que no puede financiar en los mercados a tasas razonables, para financiar la construcción corrupta de viviendas, para financiar los increíbles subsidios de energía a los que menos lo necesitan, para financiar la inmensa red de punteros políticos disfrazados de planes sociales, para financiar el descontrol de los manejos de Aerolíneas Argentina por parte de la Cámpora, y todo el derroche que realizan quienes piensan en gobernar el país como una oportunidad de corto plazo que hay que aprovechar, en lugar de pensar el país como el hogar deseado que queremos dejarle a nuestros hijos y nietos.
Este gobierno, como tantos otros del pasado, confunde “estabilidad” con la relación entre el peso y el dólar. Y la mezcla de cambio fijo e inflación alta sabemos siempre cómo termina. La sufrimos en el 76, en el 82, en el 89/90 y en el 2001/2002. Evitar esos cimbronazos debería ser uno de los objetivos de la política económica. Porque la economía está en realidad al servicio de muchos derechos elementales: el acceso a la educación, la alimentación, al trabajo y la vivienda digna, a la salud, el respeto por la libertad, a la posibilidad de desarrollo de cada individuo. La inflación, y las crisis que genera, no es sólo un problema económico: destruye y afecta los derechos y las necesidades básicas de las personas.
No es complicado bajar la inflación en Argentina. Cuando asumí como Presidente del Banco Central de Argentina, a fines del 2002, la inflación era del 40% y cuando nos retiramos era de menos del 6% anual. Desde el BCRA transparentamos los números, nos comprometimos con metas de inflación decrecientes y tomamos determinadas medidas para lograr el cambio rotundo en las expectativas. El resultado fue una fuerte baja en la inflación que no tuvo ningún costo en términos de actividad económica. Pero para lograr lo que nosotros hicimos, hace falta decisión política, coherencia y mantener las promesas de lo que uno quiere hacer. Este tiene que ser el punto de partida para lograr que esta “inflación para todos” que afecta principalmente a los sectores más pobres de nuestra sociedad y al desarrollo personal de los argentinos en general, pase a ser un mal recuerdo sólo para algunos memoriosos.
Para el otro 70% que puede ahorrar, aunque sea unos pocos pesos, son pocas las alternativas que tienen para lograr canalizarlos de una manera beneficiosa. No es conveniente ahorrar, ya que lo que hoy puede adquirirse con cierta cantidad de dinero, mañana no va a poder comprarlo con lo producido de sus ahorros: el dinero pierde poder adquisitivo con el tiempo. Si intenta depositarlo en un banco, con mucha suerte logrará que le paguen una tasa de interés que no llega al 10% anual, menos de la mitad de lo que pierde con la inflación. La solución (lamentable, pero la única dentro de este modelo económico) es gastarse los ahorros ya.
Es por ello que actualmente hay un gran crecimiento del consumo que el partido gobernante toma como un indicador positivo de la economía. Pero fíjese qué pasa a largo plazo: si una persona o familia no tiene la posibilidad de ahorrar o debe gastar sus ahorros en bienes de consumo para poder sacarles el mejor provecho, a futuro no tendrá la posibilidad de invertir en una vivienda, educación de los hijos, o negocio propio, no tendrá la posibilidad de mejorar o cambiar su situación de vida y por sobre todas las cosas, no podrá hacer frente a cualquier imprevisto ya sea enfermedad o pérdida del trabajo, entre otros. Ni hablar de tomar un crédito hipotecario a largo plazo en pesos a tasa de interés de un dígito: la “inflación para todos” ya se encargó de que esos créditos sean una utopía, al igual que el sueño (“Compartido” o no) de la casa propia.
Al que vivía con lo justo, cada vez le alcanza menos; el que podía ahorrar un poco, ahora tiene que gastar todo. De la misma manera que a largo plazo se ven afectadas las personas de manera individual, esto pasa con la economía del país en general. La “inflación para todos” genera tremendas ineficiencias. Para los emprendedores y para los empresarios no es posible planear. Todo se concentra en el corto plazo, y a la incertidumbre natural que enfrentamos se le agrega la incertidumbre que trae la inflación sobre los flujos nominales y reales de ingresos, gastos, y todo lo que hace a la rentabilidad de un negocio o un proyecto.
Simultáneamente, la inexistencia de una moneda propia estable y predecible comienza a generar un proceso que ya conocimos y sufrimos: se vuelve a pensar en dólares como unidad de cuenta y como refugio de valor. Una medida de esto es que la dolarización de ahorros (comúnmente llamada “fuga de capitales”) se ha duplicado en este año respecto a los niveles ya elevados del 2010. Hasta el gobierno entra en esta desesperación por los dólares y traba todo tipo de importación. Las consecuencias: bienes que cada vez escasean más, ya que la producción nacional sufre interrupciones en su proceso productivo por la falta de insumos importados claves, y porque desaparecen también los artículos importados. Todo gracias a las políticas del secretario Moreno, avaladas por el Ministro Boudou.
El problema es que “el modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social” solo cierra con más y más inflación. La necesita para financiar lo que no puede financiar en los mercados a tasas razonables, para financiar la construcción corrupta de viviendas, para financiar los increíbles subsidios de energía a los que menos lo necesitan, para financiar la inmensa red de punteros políticos disfrazados de planes sociales, para financiar el descontrol de los manejos de Aerolíneas Argentina por parte de la Cámpora, y todo el derroche que realizan quienes piensan en gobernar el país como una oportunidad de corto plazo que hay que aprovechar, en lugar de pensar el país como el hogar deseado que queremos dejarle a nuestros hijos y nietos.
Este gobierno, como tantos otros del pasado, confunde “estabilidad” con la relación entre el peso y el dólar. Y la mezcla de cambio fijo e inflación alta sabemos siempre cómo termina. La sufrimos en el 76, en el 82, en el 89/90 y en el 2001/2002. Evitar esos cimbronazos debería ser uno de los objetivos de la política económica. Porque la economía está en realidad al servicio de muchos derechos elementales: el acceso a la educación, la alimentación, al trabajo y la vivienda digna, a la salud, el respeto por la libertad, a la posibilidad de desarrollo de cada individuo. La inflación, y las crisis que genera, no es sólo un problema económico: destruye y afecta los derechos y las necesidades básicas de las personas.
No es complicado bajar la inflación en Argentina. Cuando asumí como Presidente del Banco Central de Argentina, a fines del 2002, la inflación era del 40% y cuando nos retiramos era de menos del 6% anual. Desde el BCRA transparentamos los números, nos comprometimos con metas de inflación decrecientes y tomamos determinadas medidas para lograr el cambio rotundo en las expectativas. El resultado fue una fuerte baja en la inflación que no tuvo ningún costo en términos de actividad económica. Pero para lograr lo que nosotros hicimos, hace falta decisión política, coherencia y mantener las promesas de lo que uno quiere hacer. Este tiene que ser el punto de partida para lograr que esta “inflación para todos” que afecta principalmente a los sectores más pobres de nuestra sociedad y al desarrollo personal de los argentinos en general, pase a ser un mal recuerdo sólo para algunos memoriosos.
Fuente: www.coalicioncivica.org.ar







